Cine los miércoles al cccbarri

Este miércoles 22 de mayo, a las 20.30h. proyectamos Mysterious object in the noon, una película del director tailandés Apichatpong Weerasethakul. Y después una sopa rica.

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Dokfa nai meuman

(Apichatpong Weerasethakul, Tailándia, 2000, 83′, V.O.S.E.)

En un acto de sincera humildad, Mysterious object at Noon (Dokfa nai meuman) relega la narración a los otros, al pueblo, a la colectividad, dando lugar a un complejo tejido de voces y gestos anónimos, próximo, y no por casualidad, a la técnica compositiva del cadavre exquis. En los últimos minutos, son los niños los que terminan de formar (o deformar), con su imaginación vertiginosa, un cuento infinito que solamente concluye porque un narrador no puede vivir para siempre.

Quizás haya algo de verdad en esta supuesta incapacidad de narrar, o mejor dicho, de imaginar narraciones totalmente originales . No inventa, realmente, relatos nuevos: su narración es un collage de recuerdos, propios y ajenos, sumados y confundidos. Hablamos de un mural que integra la memoria individual y la colectiva, la memoria distorsionada por el tiempo transcurrido o por los mecanismos de su propia transmisión intergeneracional, de una memoria que, igualadora, fusiona lo adquirido en una etapa de madurez intelectual con los programas de televisión de la infancia, es decir la baja y la alta cultura. La memoria conjuga y comulga unas y otras memorias, disuelve las jerarquías en las aguas del ensueño. Películas cuyos contornos son trazados por recuerdos hermanados indistintamente, pero que adquieren una singular cohesión por acción del creador, aquel que alberga los recuerdos propios y los recuerdos de los recuerdos de otros, dándoles forma y convirtiéndolos en la argamasa de sus películas. Incluso puede tratarse de la memoria de lo imposible, de lo nunca vivido: Síndromes y un siglo (Sang sattawat, 2006) es la evocación de la relación amorosa de los padres de A.W., disipada justo antes de que la historia entre ambos tuviera lugar. Un agujero negro se traga, literalmente, esta crónica imposible y, al final, sólo reverberan los compases de la música y los cuerpos (siempre los cuerpos) en movimiento, exultantes, bailando una danza de juventud cristalizada, perenne… eternizada por la memoria, o lo que es lo mismo, por el cine. Juventud, es decir, erotismo en movimiento, como el cuerpo tatuado del inmigrante vitalista que sobrevuela todas las fronteras en esa compacta obrita que es Mobile Men (ídem, 2008).

Con profunda honestidad, Apichatpong ensambla todas esas cosas que en algún momento de nuestra vida nos han fascinado o incluso cambiado. Muchas veces habla de esas películas, libros o tiras cómicas que nos avergüenzan cuando evocamos las sensaciones que nos producían y que hoy, creyéndonos muyintelectuales y  analizándolas bajo determinados parámetros, nos parecen tan insustanciales, tan nimias. Pero el tailandés sabe que el valor lo aporta nuestra percepción, su posición en nuestra memoria, y por eso no deja de mostrar película tras película aquello que lo ha marcado, sin sonrojarse, traduciéndolo para que nosotros seamos capaces de entender el valor que su propia mente le ha aportado. Lo transforma así en algo completamente distinto, pero imprimiendo huellas para que seamos capaces de rastrear unos orígenes de los que nunca ha querido renegar. En sus manos, el brumoso recuerdo de una serie de la infancia  se convierte en un cuento de belleza y purificación de alcance universal y lirismo conmovedor.

Dokfa nai meuman

(Apichatpong Weerasethakul, Tailándia, 2000, 83′, V.O.S.E.)

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